miércoles, 8 de enero de 2014

Los Bichos Raros - Del Dr. Sebastián González.

Hace ya unos años terminé la carrera de medicina, carrera larga, por momentos jodida, pero con varias gratificaciones. Una de ellas es la gente que uno conoce y se queda, a veces sin ver seguido, pero se la queda en algún lado, más en estos tiempos 2.0 donde la comunicación si bien no es a veces todo lo fluida que uno quisiera, por falta de tiempo, ganas, momentos, etc. (excusas varias), existe.

Este es el caso de Sebastián, una entrañable persona y excelente profesional con el que compartí parte de la carrera y alguna rotación del internado, incluso con otros compañeros supimos pasar muy bien un fin de año estando de guardia.

El arrancó para los niños, los niños graves. Y todas las semanas (o casi todas) nos envia alguna joyita, nacida de la catarsis, o de quién sabe donde. Porque aparte de todo escribe bien, de todos modos no es la primera vez que hay algo escrito por el metido acá.

Pero aprovecho que el no quiere abrir un blog, y le plagio las cosas, así que les dejo su saludo de fin de año:


Los Bichos Raros
A los que cuidamos niños graves, nos suelen pintar de distintas maneras. El imaginario médico y de la población general, nos ve como bichos raros. A pesar de que esto tiene tendencia a la veracidad, hay veces que nos encasillan en clichés tan variados como indefinidos. Pienso que la mayoría no nos entiende, ni puede entender que encontremos satisfacción donde la mayoría de la gente ve sufrimiento.
 Nuestros familiares son los más acostumbrados y tienen la paciencia de escuchar nuestras catarsis cuando volvemos a casa. A pesar de la rutina de oírnos disertar sobre las cosas vividas en la cotidianidad de nuestros trabajos, todos recordamos la cara de espanto de nuestros padres cuando les dijimos que nos íbamos a dedicar a esto... ¿Ceteí pediátrico? ¿Estás seguro? Bueno si es lo que querés... y nos abrazaban cruzando los dedos a nuestra espalda para desearnos suerte en ese camino peligroso y desconocido.... ¡Habiendo tantas cosas para hacer en medicina y te metés en ese baile mijito!
Cuando estamos en alguna reunión donde no hay médicos (todos los galenos sabemos que sólo hacen falta dos médicos juntos como para que terminen hablando del casi único e inevitable tema de conversación: la medicina), la gente, al preguntarnos a qué nos dedicamos y escuchar nuestra respuesta, quedan con el gesto congelado. Silencio. Quedan tiesos y sin saber para donde agarrar... Y nosotros, acostumbrados a la reacción, seguimos comiendo los pebetes en la fiesta.
 Para nuestros colegas pediatras estamos bastante mal de la cabeza. Ni les cuento los colegas de adultos, que ya ven en un pediatra a un ser bastante histérico y obsesivo... Nos ven como sanguinarios, no entienden cómo podemos hacer las cosas que les hacemos a los niños, eso de meterles tubos, punciones y maniobras invasivas a un ser tan pequeño e indefenso. Entran a las unidades con miedo y como pidiendo permiso, sin saber qué tocar y qué no tocar... A esto también ayuda nuestra fama de gruñones malhumorados, de soberbios y todopoderosos. Detrás de las puertas de los ceteís se abre un mundo oculto y desconocido, incluso para la mayoría de los médicos. Los mitos florecen como dentro de una cueva sin fondo. No voy a detallarlos porque sería inútil. Cada uno que reciba este escrito, puede hacer el ejercicio de elegir los adjetivos para pintarnos. Yo me limitaré a darles algunas pistas para que entiendan, si pueden, nuestros desvaríos.
Cuando ingresa un niño grave a ceteí, no se sabe si volverá a salir. Por la otra puerta está la muerte y nosotros hacemos todo para que no lo abrace y se lo lleve. Esto último va a seguir sucediendo mientras que haya vida: la muerte es patrimonio de los vivos. Y aunque parezca en estos tiempos que nadie se puede morir, lamento informarles que están muy equivocados. La sociedad actual además no soporta la muerte de nadie, menos la de un niño.
Durante este viaje (la internación) los intensivistas tendemos a hacer de más, es cierto. En esa lucha despiadada contra la enfermedad -para poner un ejemplo- solemos usar muchos antiinfecciosos a ciegas, asustados. Los pediatras que reciben a los niños sobrevivientes critican nuestros excesos ("mirá cómo le pusieron Vanco - Meropenem de nuevo"...), la mayoría de las veces con razón. Pero los invito un día a suspender un antibiótico estando el niño grave y sin saber que derrotero va a elegir la enfermedad. Tomá la lapicera y poné que está suspendido. No es fácil. Este ejemplo lo pongo para demostrarles que vivimos con incertidumbres. En un ceteí se vive palmo a palmo con la desesperación, con la desolación. Nadie nos enseña (¿y es que alguien puede?) la forma en cómo decirle a un padre o una madre que su hijo se puede morir. Todos aprendemos a los tropezones y nos vamos haciendo cayos en la garganta a medida que pasa el tiempo. ¿Y cómo decirle que no sé si va a sobrevivir? ¿Y cómo confirmarle que su hijo va a quedar con secuelas luego del accidente si tiene la cabeza destrozada?
Encima somos poquitos. Nos conocemos todos, con las fortalezas y debilidades que esto trae. Les cuento bajito que somos bastante chusmas. Nos pasamos comentando las experiencias que tuvimos en la guardia de la que venimos y a la que vamos. Vivimos saliendo y entrando a las guardias mareando de lugar los pacientes. Porque venimos de una guardia donde estaba Juancito que tenía tal cosa y le pasamos a nuestro compañero que se volvió loco con el corazón de Jimenita en tal lugar.... Las guardias son hitos hasta para nuestra propia historia. Las agendas todas tachoneadas de cambio de guardias lo reflejan. "Mi hijo cumplía años y yo estaba de guardia en tal lugar porque no la cubrió nadie" "Aquel día que reventaron las torres gemelas yo estaba en tal otro lugar". 
El ceteí es un poquito nuestra casa. Olvidamos en ella prendas de vestir y el cepillo de dientes, dejamos en aquel otro lado la matera porque vuelvo en un par de días. Vamos dejando cosas en los cuartos médicos y lo vamos pintando con detalles nuestros, como dejando nuestra huella, como dejando marcas en el sendero de nuestras carreras. En las unidades hay recuerdos de todos los que por allí pasamos. "Aquella cosa la trajo fulanito, aquella otra cosa es de sultanito". Muchas veces nos adueñamos sus pobladores -los gurises- , que nos dieron tanto trabajo y vemos de reojo a los familiares si no los cuidan como nosotros querríamos. Nos cuesta entender que esos hijos, no son los nuestros.
Hay entre nosotros matemáticos, físicos y químicos avezados sin saber que lo son. El manejo de fórmulas, cuentas (¿qué haríamos sin la regla de tres?) y números están a la orden del día. Basta con ver las evoluciones de la historia clínica. Vemos en el cuerpo humano una hermosa y compleja maquinaria que no anda bien e intentamos adentrarnos en el mundo de su entendimiento. Y nuestro laboratorio son los enfermos. Nos transformamos en videntes tratando de descifrar las caras ocultas de la enfermedad: vemos en la polipnea con transpiración acidosis, en los mocos bronsoobstrucción y disminución de la compliance, vemos en la mala perfusión un láctico alto y células sufriendo, en el pañal seco o la piel amarilla un riñón o un hígado que no funcionan, en los ojos cerrados la corteza dañada. Intentamos una tratamiento nuevo de rescate y siempre estamos empujando los límites de la propia existencia. La clarividencia nos juega malas pasadas si abusamos de ella y olvidamos que detrás de la máquina rota hay una persona con otras personas alrededor. Que un niño no es un monitor pitando ni una alarma encendida, sino que hay cosas que aún estamos lejos de entender y que siempre debemos tener algo de médico artista y nunca perder el olfato (que sólo el que lo tiene siente) de que aunque todo indique que todo está bien, algo NO está bien. El "este no me gusta" tan famoso...
Nuestras armas no son el estetoscopio ni la túnica ni el martillito de los viejo semiólogos, sino la calculadora en el bolsillo anterior del equipo de trabajo al lado de la lapicera y en la mochila guardada una libretita donde anotamos fórmulas, dosis, algoritmos de tratamiento. ¿Y qué es sino la desnudez cuando olvidamos estos implementos en algún lado y nos faltan cuando entramos a una guardia? Afrontamos a diario nuestros temores y esquivamos como podemos a la parca, que nos visita a menudo. Somos exploradores y aventureros. Osados, porque muchas veces no tenemos tiempo para pensar las cosas dos veces. Por suerte faltan los cobardes.Tomamos decisiones duras todo el tiempo, en cada momento. 
A pesar de ser científicos, la religiosidad nos rodea y muchos la tienen a flor de piel. Será que el sufrimiento desnuda lo mejor o lo peor en los seres humanos y en las camas de los ceteís quedan expuestos tal cual son. Hacemos psicoterapia con las familias, debemos ser tolerantes con las creencias e intentar explicar cosas inexplicables. ¿Cómo explicarle a un padre que su hijo que hacía unas horas estaba jugando en la pileta de su casa ahora está en muerte cerebral? Nos volvemos traductores y políglotas según el bagaje sociocultural de los pacientes que atendemos. ¿Imaginan las diferencias entre darle un informe médico de algo grave a un padre burgués o a uno sumergido en la más baja de las pobrezas?
Los intensivistas no dejamos de ser pediatras, y como tales tenemos la cronosensibilidad a la orden del día. El tiempo es oro y lo medimos en horas, minutos y hasta segundos. Las necesidades cambian con los quilajes, con las horas, con los días. En una misma unidad podemos tener con una neumonia grave a un lactante de 2 meses que pesa 4 quilos y a otro de 14 años que pesa 50 kg. La misma enfermedad en esos dos pueden no tener nada que ver en términos concretos. No es lo mismo la primera hora de ventilación asistida que el décimo día. No es lo mismo un paro cardíaco de 1 minutos que el de diez. Cuando alguien deja de respirar a los 10 días de vida seguro tiene alguna enfermedad muy distinta al que lo hace con 5 años.
Nos cuesta decir basta. Solemos perder el sentido común, llevando a extremos las maniobras de reanimación porque es lógico que no toleremos que un niño se nos muera. Y le damos, le damos y a veces son los compañeros más lúcidos y de mayor trajinar en estas cuestiones los que nos golpean el hombro para que digamos basta, hasta aquí llegamos. En esos esfuerzos fútiles nos enroscamos y perdemos de vista lo que es calidad de sobrevida. Somos los primeros testigos de cómo la ciencia empieza a salvar pacientes que hace unos años morían sin remedios, pero creemos estar en una jungla cuando vemos los costos de tales avances. Hay niños que no debieran sobrevivir. ¿A costa de qué? ¿Para qué?
Solemos también crearnos corazas para soportar los golpes y sobrevivir los dolores. Ponemos caras de duros, pasamos como amargados y chillones, muchas veces prepoteamos y hablamos mal a nuestro entorno. Nos cansamos mucho. Dormimos pésimo porque nadie puede dormir bien y conciliarse con la almohada sabiendo que del otro lado de la pared hay niños con respiradores luchando por vivir. ¿Quién pega un ojo cuando está sólo de guardia? ¡Cómo se van tapando las arterias cuando suena el teléfono a las 3 de la mañana y la nurse nos avisa que cama tal está desaturando o que cama tal está convulsivando! ¡Y cuando suceden ambas ni les cuento!
Nos suelen tildar de millonarios. Que ganamos montón de plata la hora y que hacemos la plancha en las guardias porque a veces atendemos pocos niños. Vivimos la época en la que está de moda atacar a la mafia blanca. Les digo a los acusadores que apunten sus tiros a los mafiosos, y que los hay los hay, pero no en mi trinchera. Que no nos miren a los que vivimos de nuestro jornal, los que no cobramos nocturnidad (a sabiendas que trabajar cuando todo el mundo duerme destroza la arquitectura cerebral), los que cobramos facturando como cualquier comerciante (con respeto del gremio) sin derecho a las prestaciones sociales. Los que laburamos sin parar ni media hora para comer (se hace cuando se puede) 12 o 24 horas diarias. Les cuento también que no cobramos "acto médico" cada vez que intubamos a un niño (o cuando lo extubamos) o le ponemos una vía venosa de emergencia a algún niño moribundo. Tampoco nos consideran especialistas a pesar de que tenemos que tener 3 títulos para atender niños graves: médicos, pediatra e intensivistas. A esos que critican les cuento que estaría bueno que saquen las calculadoras y vean qué porcentaje representa nuestro sueldo comparado al resto de gastos derivados de la atención de un niño grave (de enfermería ni la saquen porque ya les digo que es una vergüenza). Vayan y sumen cuánto sale un cateter venoso profundo, cuánto sale el material blanco, cuanto salen los gases centralizados, cuanto sale un respirador andando 24 hs al día, cuánto salen cada ampolla de cada fármaco que indicamos y cada estudio que solicitamos. ¿Cuánto representa en términos económicos la muerte de un niño sano de 2 años?
¿Y entonces este grupo de masoquistas cómo hace? ¿Son o se hacen?
Lo que no ve la gente son las satisfacciones silenciosas que diario vivimos. En los pases de guardia fulano aguantó la extubación, fulanito dejó de hacer fiebre, que le pudieron suspender a aquel otro los goteos de vasopresores, que menganito abrió los ojos... Por suerte para nosotros se vive con esperanza. Por suerte para nosotros, los niños siguen ganándole a la muerte las más de las veces. Todos tenemos casos de niños desahuciados que de repente empiezan a recuperarse y a la semana están abrazando a sus padres de nuevo. Y te dicen chau con la manito o te dan un beso de despedida.
Comencé a escribir estas notas a fin de año pasado cuando me tocó estar de guardia. Había llegado a la unidad luego de pasear la ciudad que estaba abandonada y tapizada por almanaques ya viejos. Transité solitario en mi cochecito el pavimento citadino sintiendo al aroma de los fuegos prendido y viendo bengalas surcando  los cielos. Todo el mundo preparaba el copetín y las copas para brindar por un nuevo año y yo me dirigía a suplir a mis compañeros de guardia que salían hacia otra guardia. Estaban internados un par de gurises que estaban "de salida" como le decimos a los que vienen mejorando, pero estaba complicada con Angel, un precioso escolar que estaba agonizante en las últimas etapas de una enfermedad oncológica que lo llevó a estar en el ceteí. Con el pasé fin de año. Nos pasamos un rato largo con él, y cuando constatamos que ya más esa noche no podíamos hacer -sino esperar-, nos acomodamos a preparar el brindis acurrucados en el salón de enfermería. A la medianoche tras un tímido abrazo, todos mirábamos a través de los cristales del sanatorio el cielo exterior pintado de colores y fueguitos. Nos faltaban otros abrazos. Echas las salutaciones familiares telefónicas, a través de los cristales pude divisar a Angel con su padre. Éste le apretaba la mano mirando hacia afuera mirando lo mismo que yo veía. En un descuido observó cómo yo lo miraba. Sin hablar quedó todo dicho. Nos entendimos. A través del ventanal él pudo ver cómo mis labios decían "feliz año" de la manera que pude... Tuve como respuesta una gentil mueca de sentido agradecimiento.
Con la garganta echa un nudo quedé inundado de una culpa inmensa. ¿Cómo podía estar triste aquella noche sabiendo lo que estaba pasando aquel tipo? ¿Cómo bajonearme frente a aquel hombre que con el mayor dolor tuvo la grandeza de tener el más amable de los saludos? Enseguida supe que los únicos que podrían entender lo que yo estaba viviendo eran los otros bichos raros que estaban, como yo, de guardia en los otros ceteís, ayudando niños. No me quedaba otra: hacia ellos mandé el primer abrazo del 2014.
Hacia ellos y ustedes, mi abrazo de nuevo año.


Sebastián